viernes, 20 de marzo de 2026

Malentendidos

El cáncer es en la vida occidental como los tiburones o las serpientes en las películas. Siempre les toca el papel de malos, y lo único que se aprecia de ellos es que te pueden matar. Por ese miedo que inspiran, las serpientes con su veneno letal y los tiburones con sus dientes afilados, se los condena simplemente como especies asesinas, que al parecer no tienen otra función ni propósito en la naturaleza, más que  matar a los nobles e inocentes seres humanos. Quien se encuentre nadando en el mar y aprecie a la distancia una aleta de tiburón que se le acerca, probablemente muera antes del presunto ataque, por el infarto que le pueda causar el miedo y espanto de encontrarse a metros de la bestia asesina. Sea bien fundado, o no, ese pavor nos arrebata todas las virtudes que precisamente necesitamos para darle batalla al invasor, si es que realmente nos ataca.

Dicho esto, podemos asegurar que el primer golpe que nos propina el cáncer, que es la noticia, la novedad de su aparición, como la aleta del tiburón, es más bien un boicot que gestamos nosotros mismos en nuestro propio interior. El tiburón todavía ni se nos acercó, quizás ni lo haga, y pase de largo, o tal vez nos pase de cerca sin siquiera advertir nuestra presencia y, sin embargo, del pavor, casi nos estamos ahogando. Cuando vemos la aleta, cuando se presenta el cáncer, accionan en nuestro pensamiento, y nuestras emociones, una cantidad descomunal de dispositivos que la civilización occidental nos instaló, y que nos gobiernan desde adentro. Lo que es malo, lo que es bueno, lo que nos espera según sea una u otra opción, ya está dicho. Es muy poco en realidad, lo que verdaderamente intervenimos con autonomía sobre ese juicio. Ya nos enseñaron cómo hacerlo. Así, el cáncer es un monstruo asqueroso, mortal, inmundo, lo peor que te puede pasar, y listo.

Nadie espera que uno abrace a un tiburón, cuando se le presenta delante, o haga lo mismo con una serpiente, pero sí debemos abrir la mente, y el corazón, salir de los aprendizajes instalados, y procurar entender que hay en ellos algo más que la muerte ¿Por qué con tanta facilidad asociamos el cáncer a la muerte, y no hacemos lo mismo con la imprudencia al volante, que, diría, es más cruel y letal que propio cáncer? ¿Por qué no vemos la muerte, y no nos inspiran igual pavor e indignación, en los funcionarios públicos que desde el gobierno hambrean al pueblo, hasta literalmente producir muertes de niños y niñas por desnutrición? Vivimos en un mundo lleno de asesinos, concienzudamente ocultos bajo nobles disfraces, y nada nos sorprende.

Por supuesto que nadie adoptará como buena o positiva la noticia de un diagnóstico de cáncer. No al menos en el comienzo, y probablemente sí advierta lo positivo, una vez que ya lo ha madurado y lo esté viviendo. Pero hay que señalar, advertir, que el pavor paralizante que nos inspira es obra nuestra y no del cáncer. Y que si ese pavor nos bloquea, nos inhabilita, para combatir el cáncer propio, o el de un ser querido, somos nosotros mismos lo que estamos nadando hacia las fauces del tiburón.

Una primera interpretación que podemos hacer, atisbo explicativo, sobre esta gigante brecha que nos separa a los vivos, sanos e inmaculados seres humanos, del inmundo cáncer, es que interpretamos y juzgamos a esta enfermedad como una entidad foránea, casi como a un ladrón que se nos metió en la casa. Es decir, un invasor que viene de otra existencia, y que trae consigo un arsenal de venenos y sustancias letales, además de la voluntad voraz de matarnos. No se acepta el cáncer, se lo repele, se lo rechaza, porque lo percibimos como una cosa inhumana, tóxica, alienígena, como ya dije, de otra dimensión. Entre otras razones será porque, en nuestro Occidente, se nace y se vive bajo la idea (también aprendida) de que somos inmortales. Noción que se afianza y se atornilla, cuanto más se desarrollan la ciencia y la tecnología. Como si alguna pastilla, droga, chip, IA o tratamiento científico pudiera hacernos eternos. El gran problema que tenemos como civilización es la arrogancia que nos priva de mirar hacia dentro y aceptar que tenemos que erradicar, de nosotros mismos, toneladas de ideas y nociones falsas que hemos adoptado como verdades. El cáncer nos resulta repugnante porque abre una ventana, en cada uno de nosotros, hacia ese universo de chatarra que sustenta nuestro pensamiento en el presente. Y nada más desagradable y repulsivo para el autopercibido como bello, eterno, e infalible, que saberse y asumirse como un ser falible, débil y confundido. Y, además, mortal.

Tantas cosas realmente repugnantes aceptamos a diario, que no resulta coherente al menos, un juicio tan cerrado, absoluto y obtuso contra el cáncer. Y no he dicho nada hasta ahora, asunto meritorio para un libro, de que el cáncer es un fenómeno que producimos nosotros mismos, y que nace en nuestras propias células. Estamos acusando injustamente a un presunto inmigrante, que jamás atravesó nuestras fronteras biológicas, sino que más bien se gestó adentro. Un tumor no es otra cosa que la reproducción descontrolada de las propias células. No tiene nada que ver con un virus, o alguna suerte de agente externo.

El peor enemigo que tenemos es nuestra estructura de interpretación, que nos confunde, nos hace crueles con los demás, racistas, intolerantes, asesinos, y productores de males mucho peores de los que puede producir el cáncer. Basta con decir guerra, holocausto, genocidio. Obra de hombres, y no de enfermedades del cuerpo. Quiero señalar con todo esto que el primer paso, creo debe darse, cuando se nos presenta el cáncer, es abrirle la puerta y asumirlo. No como una acción forzada, o una ficción que uno debe creerse, sino como lo que es: parte de la vida. El cáncer es, en primer lugar, una invitación a madurar como seres humanos; a asumirnos falibles como somos, y no por ello fracasados o infelices. Todo el tiempo tenemos cáncer, solo que a veces se manifiesta y a veces no. Pensémoslo así. Es parte de la vida, como lo es la muerte. Entonces, cuando lo entendemos como parte de nuestra misma naturaleza, se acaba ese estrés, batalla existencial, agobiante, y a partir de ahí ya no lidiamos con un monstruo dispuesto a torturarnos y matarnos, sino con una parte de nosotros mismos, con una entidad tan humana como es el amor. El poder de daño que le atribuimos al cáncer es la propia falibilidad humana. No hay un agresor y un agredido, hay una condición de vida de la que no podemos escapar, y que no tiene sentido intentarlo. Por supuesto, hacer el mayor esfuerzo para curarnos. Pero cuidado con inventar malvados y traidores que no existen. La verdadera traición llegó cuando nos enseñaron que somos eternos, y que podemos, con nuestros inventos, gobernar la naturaleza. Nada somos, a la sombra de su poder. Hasta la máquina más avanzada que hayamos creado se hace trizas, se desintegra, desaparece, con el menor suspiro del universo. Si nos asumimos parte de ella, de la naturaleza, de ese infinito, donde la muerte es una condición fundamental de la existencia, serán tanto más intensos y felices los días que tengamos mientras estemos vivos, que en nuestros sentidos de vida la muerte dejará de perseguirnos.


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