martes, 3 de abril de 2018

Cuando enfermamos de lo que sentimos

Hemos desarrollado, como sociedad occidental, en las últimas décadas, una especie de adoración por los bienes tecnológicos. Podemos adquirir un teléfono celular de última generación, y no pasará más de un año para que empecemos a desear otro. El que tenemos quedará obsoleto y a nuestro alrededor, en carteles, en publicidades radiales, televisivas, campañas de internet, y en nuestro propio entorno social y familiar, aflorarán ofertas de nuevos equipos, mejores, más veloces, con nuevas utilidades. Rimbombantes mensajes que nos mostrarán un camino fácil, seductor y muy directo para la solución de todos nuestros problemas. Si algo anda mal, será entonces porque no estamos bien “equipados”. O porque no hemos descubierto aún la aplicación que ha sido pensada para ese asunto que nos aqueja y nos quita el sueño.

Ahora, la solución para todos los problemas de la vida, se reduce a movimientos táctiles. Con sólo apoyar y mover el dedo en ese cristal milagroso que sacamos del bolsillo sentiremos la certeza de que nada, ninguna experiencia del universo, quedará fuera de nuestro conocimiento. Así, cuanto más avanzado sea el teléfono celular que usemos, más “sabios”, más “avanzados” nos volvemos. Sólo es cuestión de sacarlo del bolsillo, cargarse las aplicaciones necesarias, vendarse los ojos y a rodar la vida. No hay nada que una aplicación no pueda resolver. Desde una crisis de pareja, hasta el diálogo que has perdido con tu hijo, o todo aquello que tu hijo vive y que no te dice. Instalás la aplicación indicada, y listo. Sea en tu equipo, o en el de tu hijo. Y listo.

Sin embargo, mientras parece crecer e instalarse esta idea de que la solución a los problemas de la vida se resuelve con tecnología, también crecen y se desarrollan en la sociedad las creencias religiosas. Recientes estudios de antropología social señalan que lejos de haber caído, estas creencias han crecido y se han multiplicado. La religión como perspectiva de vida no ha desaparecido, no ha decaído y tampoco ha sido reemplazada, como herramienta de vida, por la tecnología. Lo que ocurrió es que se ha diversificado, y se ha desacralizado. Es decir, hoy existen múltiples maneras de vivir la religión sin que ello implique alguna suerte de “conversión”, mutación de modos de vida o adopción de rituales extraños o ajenos a lo que hacemos en la vida cotidiana.

En su artículo Repensando el monopolio religioso del catolicismo en Argentina (2007), el antropólogo argentino Alejandro Frigerio refiere estos conceptos, y señala un estudio realizado por la consultora Gallup, que se hizo en Argentina, donde la cantidad de personas para quienes la religión es “muy importante” aumentó del 40% al 55% entre 1991 y 1999. Para quienes es “bastante importante” el aumento, para el mismo período, fue de 24% a 37%. Quizás lo novedoso que entraña este pluralismo religioso (Frigerio) es que, en general, quienes hallaron nuevos modos, lugares, instituciones, grupos sociales, donde desarrollar su religiosidad, prefieren definir lo que hacen como actividad espiritual y no como práctica religiosa.

A afectos de lo que aquí quiero señalar voy a definir como práctica religiosa o espiritual, a toda aquella actividad que se desarrolle con el fin de indagar y trabajar en las profundidades de uno mismo. De este modo la religión, o la espiritualidad, serían medios para el conocimiento y el desarrollo de uno mismo respecto de cómo se siente y se percibe la vida. Si lo pensáramos como un fenómeno óptico, religión sería pulir los lentes del telescopio para obtener una mejor imagen del universo y los fenómenos que ocurren en el espacio. Tecnología serían los medios para viajar al espacio e interceder allí directamente. Quizás estemos convencidos de que, con nuestro telescopio (o sea, nuestro modo de ver y entender las cosas) estemos viendo claro y definido. Que conocemos al espacio tal como es, y que no hay ningún misterio que desentrañar. Porque estamos absolutamente convencidos de que vemos definido. Pero, si nadie nos dice, si nosotros mismos no lo ponemos en duda ¿Cómo sabemos que no estamos viendo borroso, si como patrón de referencia nos valemos únicamente de nosotros mismos? Según cómo vemos e interpretamos al mundo, será pues cómo allí nos desenvolvemos. Si creemos que la realidad se compone de dos colores, intentaremos todo el tiempo reducir la policromía de la vida a los únicos dos colores que, a ojos del observador, son los únicos que existen. Y así andaremos, diluyendo colores, día y noche, sin siquiera darnos cuenta que lo estamos haciendo. Que estamos matando matices para que todo calce debidamente en la paleta que cada uno ha construido como única posible.

Pero lo bueno es que la vida, constantemente, nos advierte cuando estamos viendo borroso. Que ignoremos esos avisos, los subestimemos, o le demos crédito, es un asunto que cada uno decide. Hay avisos que podríamos llamar “relativamente amigables”, porque no comprometen la vida, como, por ejemplo, perder el trabajo, una discusión de pareja, o directamente separarse. Se trata de avisos que a medias nos interpelan, porque perder la pareja no es la muerte, tarde o temprano uno se compone y sigue su vida, y lo mismo con el trabajo, que tarde o temprano aparece otro. Y en ambos casos bien podemos atribuir a otros la responsabilidad que esto haya sucedido. Otros vieron borroso, y por eso el trabajo, o la pareja, se han acabado. Yo, que veo nítido, sostengo mis lentes tal como son porque son otros los fallidos.
Pero hay otros avisos, “avisos letales”, que sí comprometen la vida, y entonces –aunque igual se puede–, resulta más difícil ignorarlos. Podemos leer, al cáncer que nos ha tocado, meramente como una afección biológica, y entender que nos tocó a nosotros por un maldito designio del destino, y listo; o podemos, también, leerlo como un aviso.

Según con qué lente leamos los avisos seremos nosotros, al final, quienes labremos nuestro destino. Personalmente, luego de haber padecido el cáncer dos veces, a los 15 y a los 31 años, pude leer con mi lente que el asunto no era únicamente una enfermedad que me había invadido el cuerpo. La segunda vez, cuando recidivó el tumor, me pregunté cuánto yo era responsable de haber criado ese tumor adentro mío. No es muy absurdo pensar esto cuando sabemos que el cáncer son células propias que se reproducen sin control, y no un virus que por factores externos hemos contraído. Somos entidades biológicas y espirituales. Tenemos sangre, un corazón que la impulsa y le da vida a nuestro organismo. Pero además, en un plano no palpable y -creo yo- aún más intrincado y complejo que el organismo, ocurre una infinidad de fenómenos que no son visibles con el resonador magnético, con análisis de sangre y tampoco resultan maniobrables con fármacos, inyecciones, rayos o quimio.
Me pregunto entonces ¿Quién nos cura de lo que sentimos? ¿Qué tratamiento hacemos con ese laberinto de emociones que nos circulan por dentro, que no se ven, no tienen forma, ni medida, ni un formato físico, pero impactan como meteoritos? Porque nadie puede negar que, acaso, un daño en ese laberinto, como, por ejemplo, la muerte de un ser querido, duele tanto o más que un daño físico en el organismo. Heridas que no sangran, que no se ven, y que sin embargo nos dejan sin aire; nos absorben, quién sabe cómo, las ganas de seguir, de estar vivos, y sin embargo, para un médico, estamos íntegros. Enamorarse es propiamente una experiencia de este laberinto inmaterial. Y aunque el amor no pese en la balanza y no salga en las radiografías, nadie puede negar lo que impacta y lo que cambia en nuestras vidas. Un tumor es descifrable bajo las lámparas y las lógicas de la tecnología. Tienen nombre y hasta una gradación que indica su poder agresivo. Hay maquinaria para leerlo e interpretarlo ¿Pero qué maquinaria tenemos para descifrar el amor? ¿O la emoción? Creo que el mejor invento que hemos creado como especie humana, para comprender estos mundos, intensos e inasibles, es el arte, la música, la poesía. La radiografía del sentimiento es, pues, una pintura, una canción, una poesía. El músico y poeta Chico Buarque, pensando en el amor, se preguntó ¿Qué será? Y como respuesta escribió una canción. Un intento por recorrer el laberinto. Está en las fantasías, no tiene tamaño, ni vergüenza, ni gobierno, no decencia, ni juicio. Dice Buarque en su canción.
¿Con qué herramienta entonces, nos curamos de lo que sentimos, cuando quizás lo que sentimos pueda haber sido el comienzo de eso que se nos metió en el organismo? ¿Cómo hacemos para verlo, diagnosticarlo, tratarlo, medirlo?

No soy poeta y tampoco escribo canciones, y siempre, desde el mejor lugar, a esos artistas que fluyen por sus voces, sus poesías, sus canciones, envidio. Se curan todo el tiempo de sí mismos.
Creo que la religión, o la espiritualidad, como la quieran llamar, es el medio, el camino, para curarnos de lo que sentimos. Para trabajar, y mejorarnos allí donde todavía el sentir no se materializó en el organismo. Podemos devenir en atletas del cuerpo, cultores del ejercicio. Pero hasta el cuerpo más saludable resulta endeble si estamos mal de espíritu. La verdadera belleza es la que nace en ese nivel, en la integridad que sacamos de adentro y que recién al final, luego de mucho haberla urdido, se asienta en la mirada, en la expresión del rostro, en la manera de actuar, de dirigirnos.
Todo esto lo refiero para contar que mi herramienta de vida es el budismo. Hace trece años que salí de la segunda operación. Cirugía, rayos y quimio. No importa lo que digan los médicos. Que te curaste, que desapareció el tumor, que te den el alta, que te quedes tranquilo. La verdadera tranquilidad está en la dignidad y en le integridad que construye y lleva a su vida todos los días. “El alta” se la da uno mismo, cada día, según lo que vive y lo que decide. Se trata de pulirse uno, para decidir cada vez mejor, y entender que la verdadera felicidad nunca se alcanza si pensamos sólo en nosotros mismos. El budismo es un camino para mejorarse uno pero el fin último es el bien común. Mejorarse uno para ser un propulsor de dignidad y bienestar hacia los demás. Cuando es grande la causa que nos mueve, más nos alejamos de la enfermedad y de los malos bichos.
Estoy planificando hacer un seminario virtual de budismo. Que podés presenciar por internet. Si te interesa por favor escribilo acá como comentario o mándame un mail a elinpaciente@gmail.com. Para ir precisando una fecha y ver quiénes podrían participar.

Gracias!!!

viernes, 17 de abril de 2009

Razones de este blog

Puedo decir que nací en San Juan, que vivo en Córdoba, que me gusta mucho viajar, ver películas, andar en bicicleta, que soy periodista y sigue la lista. Uno puede identificarse por su buena salud, por su enfermedad, por sus éxitos, sus fracasos y, en fin, por la parte de sí que mejor lo represente.

No suelo presentarme como el enfermo o el que fue operado, aún cuando esas dos experiencias sacudieron y de algún modo determinan mi vida. Lo hago aquí porque en esas experiencias surge el sentido de este espacio, y porque este espacio tiene, a su vez, ese sentido: que se plasmen experiencias, se potencien y juntas sirvan como una herramienta.

Así pues, todo cuanto relate o cuente sobre mi no tiene otro sentido que el de estimular a que otros haga lo mismo. Lejos de una catarsis o de un derrotero de lágrimas y lamentos, esto es una invitación al intercambio, a abrir el juego. De pronto nos pasó que andábamos en lo cotidiano, en lo nuestro, y un día un médico o un familiar nos dice que nos pasa esto y vemos la vida propia puesta, como una ficha, en un tablero perverso. Muchos recorrimos o estamos recorriendo el mismo trayecto y no estaría mal, pienso, que si hay una opción mejor que otra, si nos pasó y ya lo sabemos, que lo digamos, lo contemos y aquellos que están por el comienzo llegarán preparados y prevenidos a ese momento.

Pienso ir contando, en pequeños capítulos, distinas experiencias y episodios por lo que pasé, sin dejar fuera los sentimientos que reverberan por dentro en esos momentos. La aparición súbita de un tumor, un cáncer, un enemigo en el cuerpo, y la pelea que forzosamente uno debe enfrentar, tanto en la vida íntima y profunda de cada uno, hacia dentro, como en el escenario social, familiar y en los tratamientos, no es un camino aislado sino un hilo de mil extremos, que se dobla, cambia de forma y se estira todo el tiempo, según el entorno en que vivimos y no sólo -creo yo- por cuestiones estrictamente biológicas o por las manifestaciones del cuerpo.

Yo propongo que nos despojemos de las miradas y las lecturas ya establecidas y procuremos ir un poco más lejos. No somos, pues, un cuerpo solitario y enfermo, que se cura con cirugías o tratamientos. Sin ánimos de caer en misticismos que no acuerdo, sí creo que hay planos de la vida, torrentes que nos corren por dentro, por donde transitan ideas, amores, dolores y sueños, también las expectativas y los proyectos, corrientes poderosas que se manifiestan y nos hablan por el cuerpo. Las lágrimas, las risas y hasta las mejillas coloradas cuando sentimos vergüenza valen como pequeños ejemplos.

En síntesis, somos –creo– algo mucho más complejo que aquello que ven la ciencia y los médicos. Lo mismo digo para las religiones y los credos. Somos, cada uno, un universo fabuloso, inaprensible e inmenso que usa al cuerpo como un medio. Somos, nosotros mismos, como una bestia indomable que nos dan cuando nacemos, y que intentamos controlar a medida que crecemos. El título que le puse al blog, El Inpaciente, es un intento inocente e incompleto de negar aquello que nos dicen que somos, para pensar en algo más. Y la palabra alude además a alguien que busca, hurga y no se queda quieto. Lo de superhéroes es un homenaje que nos merecemos.

Por eso vale aquí publicar todo, lo que sea, noticias sobre el tema, sensaciones, pensamientos, porque todo está relacionado y nada, ni un pelo está suelto. Se puede hacer comentarios directamente sobre el blog o quien lo desee me escribe y yo publico su material, sus fotos, su fragmento.

Desde aquí mis gracias y todo mi aliento,

Federico

Y la vida continúa

Por Fabiola Heredia

Antes que nada quiero celebrar a los maravillosos Inpacientes por el coraje de transformar ese sufrimiento en misión alentando a otros.
De hace rato que quería escribirles para compartir con ustedes una historia...
Un día fui a una reunión de trabajo, las de siempre... Entre otras cosas trabajo por los derechos de l@s niñ@s y apareció un caballero que con su silencio y presencia llenó el espacio y me envolvió. Me envió un mensaje de texto a mi teléfono en un acto de arrojo que sirvió para enamorarme de su valentía. Realmente me sorprendió. Me acerqué y se lo dije. Él sonrió, me ofreció un chicle y me dijo: "Me gustás. Hace poco terminé una quimioterapia y tengo pensado hacer todo lo que desee en la vida. Quiero conocerte."
Eso fue hace casi dos años, desde entonces estamos juntos y bebemos la vida a borbotones. No dejó opción a mis intentos de escabullirme de la vida cada vez que me golpea la negligencia y la inercia del día a día.
Reforzó lo que creo y me ayudó a llevarlo a la acción. Cada día despierta nuevamente la intensidad de la existencia en las cosas más simples y él me ayudó a comprobarlo. Una vez me dijo: "llegué a pensar que este tumor fue lo mejor que me pasó". Y claro a veces comprendemos el valor de la vida cuando está bajo amenaza. Me dí cuenta de que no hay tiempo, que nuestra vida es como una partícula de polvo en la inmensidad del universo.
Él convive con el monstruillo y para mí es un fantasma que me recuerda lo frágiles que somos y de lo importante que es poder revelar lo verdadero en nuestras vidas y descartar lo transitorio que nos distrae de nuestra dignidad. Gracias a todos los que alentaron, cuidaron y respetaron a Federico. Gracias a su familia, amigos, amores y afectos. Gracias Federico por estar aquí, por ser mi compañero y amante en la vida.
Te amo
Fabiola

Médico y maestro

Por Marta

Tuve la oportunidad de conocer al Dr. Osvaldo Sinatra, uno de esos seres que logran por su sola presencia y la energía que irradian, curar nuestro espíritu. Todos sabemos que somos cuerpo, mente y espíritu y que cuando nos desarmonizamos, solemos tener malestares físicos diversos de acuerdo al talón de Aquiles que traigamos en nuestro bagaje. Lo traté durante dos horas en total-fueron suficientes- para que me trasmitiera su espiritualidad, lo sentí como un Maestro., yo acudía a la consulta por tener problemas de ansiedad y una relación particularmente difícil con mi hija Patricia. Cuando salí de su consultorio la primera vez, sentí que me desprendía de mucha carga y que me sentía muy bien, al punto que pude hacer un trabajo personal de repensar resentimientos, broncas, ira que tenía guardada y que tanto daño me hacía, somatizando de diversas maneras. Estoy muy agradecida a ese SER HUMANO, que sentí tan próximo. Hoy me siento mucho mejor. Soy una de las tantas personas que cuando se refieren a El, lo hacen desde el cariño y el mayor de los respetos.

jueves, 5 de febrero de 2009

Los poderes del superhéroe

Por Elisa

La ansiedad por la enfermedad pierde lo que en la calma abunda.
La indiferencia olvida lo que la participación recuerda.
El silencio sabe lo que el bullicio ignora.
La conciencia entiende lo que la distracción evade.
La humildad gana lo que el orgullo pierde.
La paz tiene lo que por conflicto se aleja.
La fe puede lo que el sentir quiere.
La ternura enlentece lo que la soberbia humilla.
La aceptación restablece lo que la negación agrede.

Queridos inpacientes ¿No habéis pensado en todo esto en el transcurso de la enfermedad?

Un beso fuerte desde Madrid

domingo, 25 de enero de 2009

Gracias a ellos

Por Federico

La aparición de un cáncer o un tumor es como un meteorito que impacta con toda su fuerza en una persona y produce luego un temblor que repercute en todo su entorno. Hay uno que recibe el golpe, de lleno, y es sobre todo él o ella quien debe, a partir de entonces, configurar una nueva vida. Pero no podemos ignorar que hay otros que sufren por uno, y que ellos también son víctimas de esa maldita noticia. Nuestros familiares, amigos y parejas también se ven obligados a reordenar su vida y sacar de la galera nuevas destrezas. Abrir nuevos canales de comunicación, romper barreras viejas y procurar estar cerca. Nos guste o no, es una verdadera oportunidad para dar pasos y saldar deudas que a veces acumulamos por años.

Estar cerca es un hecho que habitualmente se considera como una verdad inherente a las relaciones. Si estás de novio, estás cerca; si tenés padres y hermanos, estás cerca. Creemos conocernos más de lo que realmente nos conocemos, y nos basta con el hecho de ser pareja, amigo o familiar para creer que hay un vínculo sólido, que verdaderamente estamos en condiciones de acompañarnos en todos los momentos que nos pueda tocar pasar. Personalmente creo que es un error, que además cuesta caro cuando, por ejemplo, se trata de padres e hijos, y que hay montañas de miedos, inhibiciones y vergüenzas que nos mantienen lejos a unos de otros, y también una pizca de arrogancia y exceso de comodidad, también, porque creemos conocer al otro cuando quizás sea un inmenso mundo ignorado. Estar cerca, creo, y sostengo, es toda una ciencia. Un arte, que no se hace solo, porque tenés pareja, o porque tratás bien a tus hijos y no entrás en peleas.

La aparición de un tumor es como una gran puesta a prueba, y una gran lente que pone a los vínculos, rotos, débiles o arraigados, en absoluta evidencia. Es como quitarte de un tirón ese colchón donde descasabas cómodo, y darte un empujón para que te pongas en acción. Al enfermo, para revalorar y resignificar su vida. Para él y para su entorno es también una exigencia, de romper barreras, estrechar las distancias y acercar los corazones. Librarse de fachadas y caretas, y hacerlo aún cuando la muerte está asomando un ojo entre todos.

Además de mi experiencia como enfermo me tocó, en otro momento, acompañar a mi viejo, quien murió hace ya más de diez años por un cáncer de pulmón. En mi familia siempre reinó el buen trato, la no agresión y una suerte de convivencia perfecta, pero debo decir que no logramos, a mi juicio, lo que considero yo una comunicación plena y abierta. Había —y hay— ciertas experiencias y cosas que no se cuentan. Nos manejamos más con la intuición y procuramos que el otro sienta que uno está a su lado, pero no se ponen las palabras enteras, las emociones y los sentimientos en la mesa. Es una modalidad contra la que yo mismo peleo, porque la replico aunque no quiera.

Así nos encontró pues, con ciertas barreras internas, el cáncer de mi viejo. Un año estuvo enfermo y mientras pudo procuró mostrarse resuelto. Una noche se agotaron esos dispositivos, el propio ceder del cuerpo los extinguió, y entonces lloró, en el sillón del living, y nos abrazamos en silencio.

La exposición es total y la vulnerabilidad nos pone a flor de piel, susceptibles, hipersensibles, y te gana la tristeza, la depresión, la bronca. Son emociones que tienden a colonizarnos por dentro, y si acaso uno es el enfermo puede ponerse al mundo como enemigo, vivir caliente y tenso; o ser un familiar, novia, hermano, amigo, querer acercarse y no saber cómo hacerlo. Cualquier movimiento da miedo.

Somos como empleados de oficinas, apoltronados por años en nuestros puestos, y de pronto tenemos que salir como atletas a una cancha, jugar un partido, ganarlo y además hacerlo como expertos. Ponerse a tiro, de un día para el otro, o declararse para siempre un enfermo.

Mi intención, y a lo que voy con todo esto, es reparar en aquellos que les toca acompañarnos en estos momentos. La noticia, el bajón, los estudios médicos, la operación, el cagazo, los rayos, la quimio, el miedo. Contener y acompañar con amor, con cuidado y con el cuerpo y el corazón todo eso. Bancar al otro, procurando no invadirlo, pero estar presente siempre. Medir con cuidado y saber cómo y dónde ponerse. Desde siempre y aún con las dificultades que mencioné, mis viejos lo hicieron.

En la segunda operación, hace cuatro años, tuve el acompañamiento y el apoyo de Carla, quien entonces era mi novia y compañera. Hacía un par de años que vivíamos juntos cuando llegó la noticia. Ella vivió en carne propia y a la par mío el dolor, los malos y los buenos momentos. Supo llevar las cosas para vivir con el mejor ánimo y la mayor esperanza la experiencia que nos tocó pasar, desde la aparición del tumor hasta el final de la quimio y el Temodal. Su presencia a mi lado y su apoyo fue inmenso. Tiempo después nos separamos, pero nada podrá borrar mi agradecimiento y el recuerdo de su presencia y su acompañamiento.