martes, 8 de diciembre de 2009

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Del incendio que devoró mis estudios

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Doce años habían pasado desde mi primera operación cuando perdí todos los estudios. Yo tenía 27 y vivía solo en un departamento de Saavedra. En Capital Federal. Era un PH de dos ambientes que había comprado con ahorros acumulados y un crédito hipotecario que pude sacar entonces. Años más tarde y por razones que más adelante voy a detallar el departamento se incendió. Todas mis resonancias quedaron como fundidas y deformadas en una sola pieza. Tan útiles como un vaso sin abertura. Todas juntitas y hermanadas como estaban las tiré a la basura.

No imaginaba en esos años que alguna vez iba a necesitar toda esa información de nuevo. Mis antecedentes médicos. No lo imaginaba porque me creía que ya resuelto y curado. Y me habían dicho además que a los diez años de operado tenía el alta. No sé hoy si me lo dijeron como un consuelo o acaso era un pronóstico verdadero, pero lo cierto es que pasado ese período creí extinguido para siempre el tumor. No fue algo que reflexionara. Por pura inercia, como si fuera una obviedad, lo di por muerto. Después de su reaparición, a los 16 años de invadir por primera vez mi territorio, veo y estoy convencido de que relajarse y considerarse curado es un modo de abrirle la puerta a la enfermedad y a los bichos malos.

Tras mi segunda operación me convencí de que uno no es, sino que se hace todo el tiempo. No me pregunto si estoy sano o estoy curado. Más bien pienso en si estoy haciendo algo, y no con el tumor específicamente sino con las causas posibles que lo engendraron. Pero este es otro capítulo. Ahora quiero referirme al siniestro que se cobró todos mis estudios, mi ropa, varios discos amados y prácticamente todo lo que estaba en mi cuarto cuando ocurrió el incendio.

Una vela encendida se había caído al colchón en mi ausencia y cuando llegué la vela era una llama de un metro de diámetro sobre el acolchado. No había matafuegos por lo que acudí a la cocina, cargué con agua una cacerola y eché su contenido al fuego. Las candentes lenguas que devoraban el colchón no se inmutaron y yo supe inmediatamente que debía llamar a los bomberos. Salí entonces al pasillo, le toqué timbre a una vecina y le pedí que hiciera el llamado. Caminé por el pasillo de un lado a otro sin saber qué hacer y en un momento dado decidí subir para intentar rescatar algo. Los ruidos que venían de adentro y la nube negra que flotaba de un metro para arriba en todo el departamento me inhibieron de hacerlo. Era un peligro meterme a ciegas ahí dentro ¿Exponer mi vida por un grabador, una computadora, un disco o acaso el bien más preciado? Ni en pedo. Salí con lo puesto y esperé a los bomberos.

En la espera lo llamé a mi primo Matías y le comenté del siniestro. Minutos más tarde llegó él y luego de un rato llegaron ellos, los bomberos, que en un despliegue operativo impresionante se hicieron cargo del fuego. Minutos más tarde el humo de la combustión de mis bienes desapareció del cielo y los voluntarios me llamaron para que viera cómo había quedado todo. Mi flamante PH era una cueva negra de hollín y devastación, y en el suelo se acumulaban unos cinco centímetros de agua. Todo cuanto había en la habitación estaba amontonado en el piso y reducido a retazos. A mi lado un bombero buscaba, manguera en mano, alguna brasa que osara vivir todavía. Vimos en un momento algo incandescente en el techo. Era una madera de donde horas antes colgaba una maceta. El hombre de botas y casco accionó una grotesca válvula de bronce y una cantidad impresionante de agua brotó con violencia hacia la frágil tablita. La tenue coloración roja que daba el calor desapareció como un mosquito bajo la rueda de una aplanadora.

Durante la exploración una luz se mostró como escondida entre las cosas amontonadas de la habitación. El bombero que me escoltaba fue hasta ella, metió allí su mano enguantada y me trajo los restos de mi cámara, una Nikon nueva, medio viva, fundida y enroscada en su propia carcasa. El fuego no había excedido los límites del cuarto, pero sí el calor. En el resto de la casa el hollín había penetrado hasta en los poros mismos de las paredes. Y los objetos de plástico situados a más de dos metros de altura quedaron derretidos y chorreados como si fueran de chicle. La temperatura no fue tanta en el primer metro y medio de altura y pude recuperar, pues, todo cuanto estaba dentro de ese límite.

Como dije al principio este fulano se consideraba curado de su tumor y no reparó especialmente en sus estudios médicos. Sentí pena al verlos, porque los tenía bajo buen resguardo y porque además documentaban una etapa importante de mi vida. La cuestión del departamento se resolvió porque el crédito que estaba pagando incluía un seguro contra incendios. La compañía me pagó lo suficiente para el arreglo y algún resto me quedó para comprar dos o tres cosas que había perdido.

Años más tarde, en enero de 2005, el tumor que parecía muerto o dormido resucitó y de nuevo el mismo circuito, sólo que esta vez se sumaron a la operación el tratamiento de rayos y la quimio. Supe entonces que el tumor, lejos de ser un cuerpo extraño o acaso una enfermedad que tratar, operar o curar, era y es una parte inherente de mí que debo superar, y que siempre estará como una sombra esperando despertar cuando yo me duerma. En cuanto yo descanse él entra en actividad, y él no es otra cosa que toda mi negatividad concentrada. Lo peor de mi se organizó y se convirtió en tumor. Hoy peleo contra lo peor de mí. La medicina ya agotó sus recursos. No pongo en la ciencia mi esperanza.

Aprendí. Con mi segunda operación aprendí mucho, estoy aprendiendo y me queda mucho aún por crecer en mi modo de ver y de ser. Toda causa genera un efecto y mientras no nos hagamos cargo de nosotros mismos, de lo que fabricamos todo el tiempo dentro nuestro, seremos siempre rehenes de nuestras miserias y de nuestros miedos. Vivir es un arte, una ciencia extremadamente difícil que no por respirar, estudiar, tener dinero, una familia linda y papás buenos aprendemos. El budismo de Nichiren Daishonin, que a través de la Soka Gakkai se ha expandido por casi 200 países, ofrece una herramienta para transformar la vida de raíz y tomar uno el control de aquello que nos gobierna cuando estamos dormidos, o cuando acaso estamos convencidos de que somos lo mejor que podemos y listo. Arriba del techo que vemos hay un cielo infinito. Hay que animarse a transitarlo. Y andar siempre ese camino.

Así como escarmenté en el espíritu también lo hice en lo operativo. Para proteger mis estudios desarrollé un método de escaneo de placas y a medida que me dan los resultados las digitalizo. Así guardo un archivo de imágenes, que voy acumulando en discos. Lo hago de puro obsesivo y de prolijo. Mi expectativa es que no sirvan para otra cosa. Y listo.

viernes, 17 de abril de 2009

Razones de este blog

Puedo decir que nací en San Juan, que vivo en Córdoba, que me gusta mucho viajar, ver películas, andar en bicicleta, que soy periodista y sigue la lista. Uno puede identificarse por su buena salud, por su enfermedad, por sus éxitos, sus fracasos y, en fin, por la parte de sí que mejor lo represente.

No suelo presentarme como el enfermo o el que fue operado, aún cuando esas dos experiencias sacudieron y de algún modo determinan mi vida. Lo hago aquí porque en esas experiencias surge el sentido de este espacio, y porque este espacio tiene, a su vez, ese sentido: que se plasmen experiencias, se potencien y juntas sirvan como una herramienta.

Así pues, todo cuanto relate o cuente sobre mi no tiene otro sentido que el de estimular a que otros haga lo mismo. Lejos de una catarsis o de un derrotero de lágrimas y lamentos, esto es una invitación al intercambio, a abrir el juego. De pronto nos pasó que andábamos en lo cotidiano, en lo nuestro, y un día un médico o un familiar nos dice que nos pasa esto y vemos la vida propia puesta, como una ficha, en un tablero perverso. Muchos recorrimos o estamos recorriendo el mismo trayecto y no estaría mal, pienso, que si hay una opción mejor que otra, si nos pasó y ya lo sabemos, que lo digamos, lo contemos y aquellos que están por el comienzo llegarán preparados y prevenidos a ese momento.

Pienso ir contando, en pequeños capítulos, distinas experiencias y episodios por lo que pasé, sin dejar fuera los sentimientos que reverberan por dentro en esos momentos. La aparición súbita de un tumor, un cáncer, un enemigo en el cuerpo, y la pelea que forzosamente uno debe enfrentar, tanto en la vida íntima y profunda de cada uno, hacia dentro, como en el escenario social, familiar y en los tratamientos, no es un camino aislado sino un hilo de mil extremos, que se dobla, cambia de forma y se estira todo el tiempo, según el entorno en que vivimos y no sólo -creo yo- por cuestiones estrictamente biológicas o por las manifestaciones del cuerpo.

Yo propongo que nos despojemos de las miradas y las lecturas ya establecidas y procuremos ir un poco más lejos. No somos, pues, un cuerpo solitario y enfermo, que se cura con cirugías o tratamientos. Sin ánimos de caer en misticismos que no acuerdo, sí creo que hay planos de la vida, torrentes que nos corren por dentro, por donde transitan ideas, amores, dolores y sueños, también las expectativas y los proyectos, corrientes poderosas que se manifiestan y nos hablan por el cuerpo. Las lágrimas, las risas y hasta las mejillas coloradas cuando sentimos vergüenza valen como pequeños ejemplos.

En síntesis, somos –creo– algo mucho más complejo que aquello que ven la ciencia y los médicos. Lo mismo digo para las religiones y los credos. Somos, cada uno, un universo fabuloso, inaprensible e inmenso que usa al cuerpo como un medio. Somos, nosotros mismos, como una bestia indomable que nos dan cuando nacemos, y que intentamos controlar a medida que crecemos. El título que le puse al blog, El Inpaciente, es un intento inocente e incompleto de negar aquello que nos dicen que somos, para pensar en algo más. Y la palabra alude además a alguien que busca, hurga y no se queda quieto. Lo de superhéroes es un homenaje que nos merecemos.

Por eso vale aquí publicar todo, lo que sea, noticias sobre el tema, sensaciones, pensamientos, porque todo está relacionado y nada, ni un pelo está suelto. Se puede hacer comentarios directamente sobre el blog o quien lo desee me escribe y yo publico su material, sus fotos, su fragmento.

Desde aquí mis gracias y todo mi aliento,

Federico

Y la vida continúa

Por Fabiola Heredia

Antes que nada quiero celebrar a los maravillosos Inpacientes por el coraje de transformar ese sufrimiento en misión alentando a otros.
De hace rato que quería escribirles para compartir con ustedes una historia...
Un día fui a una reunión de trabajo, las de siempre... Entre otras cosas trabajo por los derechos de l@s niñ@s y apareció un caballero que con su silencio y presencia llenó el espacio y me envolvió. Me envió un mensaje de texto a mi teléfono en un acto de arrojo que sirvió para enamorarme de su valentía. Realmente me sorprendió. Me acerqué y se lo dije. Él sonrió, me ofreció un chicle y me dijo: "Me gustás. Hace poco terminé una quimioterapia y tengo pensado hacer todo lo que desee en la vida. Quiero conocerte."
Eso fue hace casi dos años, desde entonces estamos juntos y bebemos la vida a borbotones. No dejó opción a mis intentos de escabullirme de la vida cada vez que me golpea la negligencia y la inercia del día a día.
Reforzó lo que creo y me ayudó a llevarlo a la acción. Cada día despierta nuevamente la intensidad de la existencia en las cosas más simples y él me ayudó a comprobarlo. Una vez me dijo: "llegué a pensar que este tumor fue lo mejor que me pasó". Y claro a veces comprendemos el valor de la vida cuando está bajo amenaza. Me dí cuenta de que no hay tiempo, que nuestra vida es como una partícula de polvo en la inmensidad del universo.
Él convive con el monstruillo y para mí es un fantasma que me recuerda lo frágiles que somos y de lo importante que es poder revelar lo verdadero en nuestras vidas y descartar lo transitorio que nos distrae de nuestra dignidad. Gracias a todos los que alentaron, cuidaron y respetaron a Federico. Gracias a su familia, amigos, amores y afectos. Gracias Federico por estar aquí, por ser mi compañero y amante en la vida.
Te amo
Fabiola

Médico y maestro

Por Marta

Tuve la oportunidad de conocer al Dr. Osvaldo Sinatra, uno de esos seres que logran por su sola presencia y la energía que irradian, curar nuestro espíritu. Todos sabemos que somos cuerpo, mente y espíritu y que cuando nos desarmonizamos, solemos tener malestares físicos diversos de acuerdo al talón de Aquiles que traigamos en nuestro bagaje. Lo traté durante dos horas en total-fueron suficientes- para que me trasmitiera su espiritualidad, lo sentí como un Maestro., yo acudía a la consulta por tener problemas de ansiedad y una relación particularmente difícil con mi hija Patricia. Cuando salí de su consultorio la primera vez, sentí que me desprendía de mucha carga y que me sentía muy bien, al punto que pude hacer un trabajo personal de repensar resentimientos, broncas, ira que tenía guardada y que tanto daño me hacía, somatizando de diversas maneras. Estoy muy agradecida a ese SER HUMANO, que sentí tan próximo. Hoy me siento mucho mejor. Soy una de las tantas personas que cuando se refieren a El, lo hacen desde el cariño y el mayor de los respetos.

jueves, 5 de febrero de 2009

Los poderes del superhéroe

Por Elisa

La ansiedad por la enfermedad pierde lo que en la calma abunda.
La indiferencia olvida lo que la participación recuerda.
El silencio sabe lo que el bullicio ignora.
La conciencia entiende lo que la distracción evade.
La humildad gana lo que el orgullo pierde.
La paz tiene lo que por conflicto se aleja.
La fe puede lo que el sentir quiere.
La ternura enlentece lo que la soberbia humilla.
La aceptación restablece lo que la negación agrede.

Queridos inpacientes ¿No habéis pensado en todo esto en el transcurso de la enfermedad?

Un beso fuerte desde Madrid

domingo, 25 de enero de 2009

Gracias a ellos

Por Federico

La aparición de un cáncer o un tumor es como un meteorito que impacta con toda su fuerza en una persona y produce luego un temblor que repercute en todo su entorno. Hay uno que recibe el golpe, de lleno, y es sobre todo él o ella quien debe, a partir de entonces, configurar una nueva vida. Pero no podemos ignorar que hay otros que sufren por uno, y que ellos también son víctimas de esa maldita noticia. Nuestros familiares, amigos y parejas también se ven obligados a reordenar su vida y sacar de la galera nuevas destrezas. Abrir nuevos canales de comunicación, romper barreras viejas y procurar estar cerca. Nos guste o no, es una verdadera oportunidad para dar pasos y saldar deudas que a veces acumulamos por años.

Estar cerca es un hecho que habitualmente se considera como una verdad inherente a las relaciones. Si estás de novio, estás cerca; si tenés padres y hermanos, estás cerca. Creemos conocernos más de lo que realmente nos conocemos, y nos basta con el hecho de ser pareja, amigo o familiar para creer que hay un vínculo sólido, que verdaderamente estamos en condiciones de acompañarnos en todos los momentos que nos pueda tocar pasar. Personalmente creo que es un error, que además cuesta caro cuando, por ejemplo, se trata de padres e hijos, y que hay montañas de miedos, inhibiciones y vergüenzas que nos mantienen lejos a unos de otros, y también una pizca de arrogancia y exceso de comodidad, también, porque creemos conocer al otro cuando quizás sea un inmenso mundo ignorado. Estar cerca, creo, y sostengo, es toda una ciencia. Un arte, que no se hace solo, porque tenés pareja, o porque tratás bien a tus hijos y no entrás en peleas.

La aparición de un tumor es como una gran puesta a prueba, y una gran lente que pone a los vínculos, rotos, débiles o arraigados, en absoluta evidencia. Es como quitarte de un tirón ese colchón donde descasabas cómodo, y darte un empujón para que te pongas en acción. Al enfermo, para revalorar y resignificar su vida. Para él y para su entorno es también una exigencia, de romper barreras, estrechar las distancias y acercar los corazones. Librarse de fachadas y caretas, y hacerlo aún cuando la muerte está asomando un ojo entre todos.

Además de mi experiencia como enfermo me tocó, en otro momento, acompañar a mi viejo, quien murió hace ya más de diez años por un cáncer de pulmón. En mi familia siempre reinó el buen trato, la no agresión y una suerte de convivencia perfecta, pero debo decir que no logramos, a mi juicio, lo que considero yo una comunicación plena y abierta. Había —y hay— ciertas experiencias y cosas que no se cuentan. Nos manejamos más con la intuición y procuramos que el otro sienta que uno está a su lado, pero no se ponen las palabras enteras, las emociones y los sentimientos en la mesa. Es una modalidad contra la que yo mismo peleo, porque la replico aunque no quiera.

Así nos encontró pues, con ciertas barreras internas, el cáncer de mi viejo. Un año estuvo enfermo y mientras pudo procuró mostrarse resuelto. Una noche se agotaron esos dispositivos, el propio ceder del cuerpo los extinguió, y entonces lloró, en el sillón del living, y nos abrazamos en silencio.

La exposición es total y la vulnerabilidad nos pone a flor de piel, susceptibles, hipersensibles, y te gana la tristeza, la depresión, la bronca. Son emociones que tienden a colonizarnos por dentro, y si acaso uno es el enfermo puede ponerse al mundo como enemigo, vivir caliente y tenso; o ser un familiar, novia, hermano, amigo, querer acercarse y no saber cómo hacerlo. Cualquier movimiento da miedo.

Somos como empleados de oficinas, apoltronados por años en nuestros puestos, y de pronto tenemos que salir como atletas a una cancha, jugar un partido, ganarlo y además hacerlo como expertos. Ponerse a tiro, de un día para el otro, o declararse para siempre un enfermo.

Mi intención, y a lo que voy con todo esto, es reparar en aquellos que les toca acompañarnos en estos momentos. La noticia, el bajón, los estudios médicos, la operación, el cagazo, los rayos, la quimio, el miedo. Contener y acompañar con amor, con cuidado y con el cuerpo y el corazón todo eso. Bancar al otro, procurando no invadirlo, pero estar presente siempre. Medir con cuidado y saber cómo y dónde ponerse. Desde siempre y aún con las dificultades que mencioné, mis viejos lo hicieron.

En la segunda operación, hace cuatro años, tuve el acompañamiento y el apoyo de Carla, quien entonces era mi novia y compañera. Hacía un par de años que vivíamos juntos cuando llegó la noticia. Ella vivió en carne propia y a la par mío el dolor, los malos y los buenos momentos. Supo llevar las cosas para vivir con el mejor ánimo y la mayor esperanza la experiencia que nos tocó pasar, desde la aparición del tumor hasta el final de la quimio y el Temodal. Su presencia a mi lado y su apoyo fue inmenso. Tiempo después nos separamos, pero nada podrá borrar mi agradecimiento y el recuerdo de su presencia y su acompañamiento.